Abro los ojos despacio.
Al principio todo está oscuro. Muy oscuro.
Me encuentro tumbado sobre una superficie dura e irregular. Paso las manos por ella, levantando un polvo gris plateado que queda suspendido frente a mí, flotando en la nada.
Al incorporarme, una esfera azul me saluda desde lo lejos.
Camino sobre la superficie lunar durante un rato, manteniendo el equilibrio lo mejor que puedo. Investigo. Observo. Disfruto de esta experiencia que solo los sueños son capaces de regalar.
Entonces la soledad me golpea con fuerza.
Las estrellas, las constelaciones, nuestro gigantesco planeta verde y azul… me roban el aliento. Me dejan sin habla. Me aplastan con su inmensa belleza.
Y aun así, solo pienso en ella.
Ojalá fuera más valiente. Ojalá pudiera reunir el valor suficiente para pedirle una cita. Un paseo. Una noche. Aunque solo fueran diez minutos de su tiempo, de su sonrisa.
Pero este es mi sueño, ¿no?
Y qué mejor invitación… que venir a tomar un café en la Luna.
El suelo cruje detrás de mí.
– Llegas tarde.

