Una pareja se abraza con complicidad, echan un ojo alrededor a su nueva casa. Aun sin muchos muebles parece ya un hogar. Ella coloca un jarrón de cristal sobre la mesa de madera. Los tulipanes azules llenan de alegría y color toda la estancia, dando inicio al siguiente capítulo. Se miran, con los ojos llenos de amor y esperanza. Él la toma por la nuca y la acerca hasta rozar sus labios con ternura. Derramando esa pasión desatada que late entre ellos desde el primer día. Llenando la casa de gemidos, de risas, de vida.
Los días pasan, impregnados de rutina y cariño. Ella se prepara para salir y, como cada mañana, se acerca a su marido sentado frente al ordenador, ya concentrado en su trabajo, y le regala un beso con el que sobrevivirá el resto del día. Junto a él, los tulipanes permanecen intactos, como sumidos en un mundo imperecedero. Le echa un último vistazo, alargando el momento de marcharse, sabiendo que deja atrás un trocito de su corazón.
El paso del tiempo hace mella, y las despedidas se vuelven más distantes. El cariño, el amor, la pasión; siguen ahí, pero quedaron sepultados bajo papeles y expectativas incumplidas. Ella se despide con la mano desde la puerta y se marcha. Él, apenas asiente con la cabeza en señal de respuesta. Una brisa ligera entra por la ventana, arrancando un pétalo azul que aterriza junto a su mano. Al levantar la vista encuentra en los tulipanes un reflejo cansado y triste de sí mismo. Se promete cambiar las cosas. Echa de menos abrazarla, dormitar en sus brazos, tocarla. Sus historias, sus consejos, su risa. Pero los ratos a solas se vuelven más largos. Trabajo hasta tarde, quedadas con amigos, espacio personal.
La vida conjunta se ha vuelto escasa e incluso, algo incómoda. La armonía se ha roto. Se levanta de la mesa recogiendo de nuevo las hojas secas de la mesa, y duda sobre si debería tirar esas flores moribundas de una vez. Pero todavía arrastran pequeños fragmentos de su vida pasada. Un fino hilo de esperanza. Ella se marcha en silencio, pero como cada día echa una última mirada hacia su rincón, deteniéndose en él. Ahora, sin embargo, no deja nada atrás.
Una luz tenue entra por la ventana, enfriando un ambiente que siempre fue acogedor. El polvo brilla en el suelo como pequeños diamantes olvidados. En la casa vacía solo resiste la mesa de madera, coronada por unos tulipanes secos, llenos de amargura y marchitos de esperanza. Y, aun así, nadie se atrevió nunca a tirar las flores. Permanecieron allí, consumiéndose lentamente, igual que todo lo que una vez prometieron conservar para siempre.

