Odio cómo huele a enfermedad en los hospitales. Ese olor ácido, que sientes que te quita años de vida solo por inhalarlo. La cabeza me pesa y los párpados se me cierran, drogada por esta peste a enfermedad. Solo deseo huir de este sitio, no pasaría en este lugar más tiempo del imprescindible.
Hasta que te toca hacerlo. Te toca vivir en un lugar así. Y tampoco está tan mal. La imaginación vuela alto cuando la vida es simple. Cuando los minutos son largos y los entretenimientos escasos. Mi cuerpo está aquí, atrapado en esta cama triste y solitaria, pero mi mente, mi mente está con las nubes. Observa desde lo alto el mundo y se alimenta de las experiencias de otros. Desde aquí he visto el amor, la traición, la soledad, la tristeza y el miedo.
He visto nacer cien vidas y morir unas cuantas más. He vivido la alegría de un sueño cumplido, el orgullo de un padre y el cariño incondicional de una abuela. He construido cuidades, salvado vidas, he viajado, escrito las más grandes historias, interpretado los personajes más interesantes, defendido a los inocentes. He vivido un gran amor, y la pérdida más grande. He estado en la ruina, y disfrutado de los mayores lujos.
Desde esta distancia veo, como los ríos desembocan en el mar, salvajes y libres. Cómo se visten las montañas de blanco para su querido invierno, cómo palpita el mundo. Los locos estamos condenados en cuerpo, a vivir sumidos en un estar y no estar, a escuchar las voces a lo lejos, a una vigilancia exhaustiva y asfixiante. A sentirnos incomprendidos desde el primer día que posamos nuestros pies en la tierra.
Una enfermera me mira con ternura desde el jardín, al otro lado del cristal. Es amable y generosa, pero le define la lástima que siente por cada uno de nosotros. No sabe que, la que se está perdiendo la vida, es ella.

