De pronto llega la calma.
Te tumbas en la orilla del mar con los ojos cerrados, sintiendo el sol entrando por cada uno de tus poros, y el agua subiendo y bajando. Meciéndote en esa nana que la naturaleza nos regala. Oyes el sonido de la arena ir y venir, las piedras chocando unas contra otras, despertando tus sentidos.
Te integras en ese sedante vaivén, olvidando que el resto del mundo existe.

